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En la lista de Patrimonio Mundial podemos encontrar diferentes paisajes vitivinícolas; de igual modo, en las listas indicativas de los diferentes países aparecen también paisajes de vino y vid en fase de desarrollo de las correspondientes candidaturas. Sin duda estamos ante unos espacios de alto valor cultural, social y estético; pero la singularidad de los mismos nos plantea algunas reflexiones sobre como analizar estos espacios a la hora de su consideración como Patrimonio de la Humanidad. Os proponemos la lectura de un interesante artículo de Pierre Marie Tricaud, sobre el que queremos plantearos algunas reflexiones.


Como afirma Tricaud, los paisajes vitivinícolas son fundamentalmente evolutivos. Son paisajes cambiantes en los el intercambio hombre naturaleza ha sido fundamental para la estructuración del mismo. Es una condición íntimamente ligada a estos paisajes.
Algunos de estos paisajes han sufrido importantes procesos regresivos y, en ocasiones, procesos de abandono. Otros muchos por el contrario se mantienen en la actualidad con un importante grado de vigencia y/o desarrollo. Una parte de este proceso adaptativo viene marcado por la necesidad de supervivencia de la población que sustenta y que obliga a buscar soluciones para mantener la actividad.
El cambio no tiene que ser necesariamente negativo ni radical. Es posible alcanzar un equilibrio entre los cambios de los tiempos y el mantenimiento de determinados aspectos tradicionales e incluso, como nos recuerda este autor, a entrar en procesos de recuperación de determinadas técnicas cuando el objetivo es ofrecer calidad de un producto más que cantidad. Pero también podemos incorporar elementos de alto valor y significado en el conjunto de un paisaje concreto como consecuencia de los nuevos desarrollos sociales y culturales.
Tricaud nos plantea también la idea del paisaje del vino y el viñedo como un paisaje integrado; todos lo elementos se encuentra en interrelación y no podrían entenderse los unos sin los otros. Así por ejemplo puede darse el caso de que sean las bodegas u otros elementos constructivos los que aportan un valor excepcional al bien, pero esto no nos permite generalmente poder clasificar el bien como un paisaje arquitectónico. Parece evidente que las bodegas tienen una relación directa con el entorno, con la producción, están íntimamente unidas a la actividad agraria y, por tanto, deben ser apreciados en su conjunto.
El valor excepcional viene pues de la consideración del todo y no sólo de una de sus partes. Puede que una sea especialmente interesante o excepcional, pero necesariamente tendrá que estar en diálogo con el resto.
La evaluación de un paisaje vitivinícola a la hora de ser incluido en la lista de patrimonio mundial no es pues tarea sencilla. Por su condición de paisaje evolutivo, se nos presenta el problema de cual debe ser el equilibrio entre conservación e desarrollo; por su carácter se sistema complejo debemos considerar no sólo los elementos sino también sus relaciones. Y todo ello garantizando los criterios de integridad y autenticidad tal y como nos los plantea la UNESCO.
Este artículo nos parece muy interesante para ayudarnos a resolver algunos de estos problemas.

criterios de eligibilidad para los paisajes del vino

P.M. Triacaud