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Están terminando las faenas de la vendimia. Este año no ha sido fácil pero, al final, la labor está acabada. Probamos como van los mostos en la diminuta bodega de la familia. Pilar nos explica por qué, tras el prensado, algunos están más dulces, cuales son las impresiones sobre el resultado del año,… pero es hora de comer y Carmelo indica que podemos seguir hablando en la comida; así que sin más nos vamos al merendero familiar. Mientras los demás de lavan y se ultiman los preparativos, abrimos una botella de un gran blanco, y Pilar me cuenta cuales son los rincones que más le gustan de la zona.

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Vista subiendo hacia Peña la Rosa

Empezamos la conversación en la bodega; ya con la vendimia terminada toca a hora cuidar la elaboración. Es un excelente lugar para hablar del paisaje: “Uno de los sitios que más me gustan es la vista desde la Peña de la Rosa. Es una subida muy chula y se ven unos colores rosas en la piedra estupendos y se te sientas allí, la ermita queda un poco más metida, se ve todo el pueblo y tiene una estupenda vista. La subida no es dura, y de repente te encuentras toda la piedra con esos colores grises y rosas; una vista alta pero fantástica. Corre un viento fantástico del norte; bueno cuando lo hay porque últimamente no tenemos más que sur”.

Continuamos de plática mientras, como no, empezamos a catar alguna cosa: “contribuimos al paisaje por poca extensión, mantenemos en general un viñedo de poca extensión y viejo, al menos nosotros que plantaciones nuevas tenemos muy poquitas. Es ese paisaje de mosaico pequeñito que a mi me parece que es el chulo en Rioja. Para mi la Denominación de Origen no es otra historia que mantener vida y familia. No es tanto el tema de la empresa y el beneficio final del año, sino que la gente pueda seguir viviendo aquí, en este caso en Ábalos y seguir dándole vida a los pueblos; sin más.”. Y seguimos probando los mostos de los depósitos en pleno proceso de elaboración, de la poquísima producción que hacen, unas 70.000 botellas.

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La zona de San Prudencio al atardecer

Cuando les preguntamos por el tamaño de sus parcelas es el hermano el que contesta, “son muy pequeñas, la más grande tiene dos hectáreas, pero tenemos también parcelas de áreas, la media será de dos o tres fanegas. Hay muchas de una, de media…La gente ahora intenta comprar junto, pero nosotros que tenemos viejo… tres fanegas aquí es ya una parcela buena”.

Pilar apuntilla “esto nos viene bien; esta diversificación de viñas te permite hacer lo que tu quieres hacer y si el año va mal tienes varias zonas y no se va a estropear todo, pero si todo está en la misma zona…”

Nos cuenta también el problema que tiene para manejar el vino en una bodega tan pequeña y artesanal “tenemos que vaciar pronto los depósitos para poder seguir”. Pero bueno, ya va siendo hora de comer y ahora, tras insistir que me quede (aunque soy fácil de invitar), nos encaminamos a comer: caparrones de Anguiano con buenos sacramentos.

De camino a la casa la conversación nos lleva a hablar del mundo de los cosecheros y de como en la actualidad algunos se aplican este nombre sin serlo verdaderamente, simplemente por lo que viste de imagen tradicional: “el modelo de cosecheros son bodegas muy pequeñas que elaboran su propio vino; hay otros modelos que también son válidos, pero no son cosecheros”.

Seguimos hablando de espacios singulares del paisaje: “me gusta mucho también la vista desde el lagar de las Abejas, según sales del lagar se ve el pueblo y es una vista muy interesante”, “es muy chulo el término de San Prudencio, debajo del guardaviñas que está debajo de la carretera. Ahí, en la viña de Fernando había ciruelas e higos, íbamos a cogerlas, pero ahora no se si ya se coge esa viña…”

Hablamos también de las pequeñas terrazas que se abandonan, y lo interesante que sería poder conservarlas y recuperarlas. En algunas zonas sería muy interesante, como en la presa del monte que hace pocos días limpiaron entre todos, con la participación de los niños de la localidad, para conservarla.

Entre cucharada de caparrones y trozo de morcilla seguimos hablando de vino, del paisaje y la declaración, de las cosas de casa, de algunos chascarrillos del pueblo, de como un día Pilar quemó la furgoneta en un camino embarrado, de como podar (ya sabéis, cada maestrillo tiene su librillo),.de como se están recuperando los calaos,… en fin de esta cultura tan singular.

La conversación se alarga durante el café, pero llega ya la hora de volver a la faena. Nos despedimos sin más protocolo, con un simple hasta luego, porque seguro que seguiremos hablando y compartiendo. Esto también es paisaje cultural.

Fernández Eguiluz es una pequeña, pequeñísima bodega familiar creada en el año 1989. Elabora las uvas de sus 14 hectáreas y comercializa los vinos con el nombre de Peña la Rosa. En la actualidad Eduardo y Pilar continúan con la tradición familiar.

Julio Grande