A la destrucción del patrimonio cultural lo hemos considerado siempre un acto de barbarie. Nos escandaliza cuando, en los medios de comunicación, vemos imágenes de la destrucción de algunos legados de la historia de la humanidad. Lo consideramos inadmisible.

Esta posición se flexibiliza sin embargo ante algunas situaciones en la que en aras a la modernidad y el progreso, consideramos legítimo el destrozar una parte de nuestro pasado.

El paisaje cultural forma parte de nuestro patrimonio y de nuestra cultura. Es más, es el resultado de un proceso histórico que podemos percibir e interpretar en el territorio, es decir en el espacio que nos acoge como lugar de vida y soporta la actividad de las gentes que lo habitan. Y como tal, es una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural.

Sin duda un problema es el desconocimiento. El que algunos sectores sociales no hayan entendido todavía el valor del paisaje. Sería poco probable que a alguien se le ocurriera pasar un AVE por la puerta de la catedral de Burgos (no digo ya demolerla para que pasara por allí). Sería una barbaridad. Y ¿nos es igual de aberrante destrozar un paisaje cultural?. ¿No es también una referencia de nuestra cultura? ¿No lo hemos reconocido y protegido con la misma categoría de bien cultural que a una catedral, un circo romano o un puente histórico?.

Atentar contra el paisaje es hacerlo contra un legado fruto de siglo de evolución, y su destrucción es un proceso irreversible.

El paisaje, como patrimonio cultural, es además un elemento fundamental de cohesión social, es un valor identitario que agrupa a su alrededor a un colectivo social que se identificado con él. La relación de pertenencia a un territorio, uno de los aspectos fundamentales del desarrollo rural y de la supervivencia de estos espacios rurales, se cimenta en gran medida en la identificación con los elementos singulares como el paisaje. Es, por último, un valor diferencial que, aparte de su valor social, tiene un claro valor de competitividad económica.

Destruir el patrimonio es barbarie, no progreso. Progreso es apostar por el respeto a las formas de vida de una comunidad, es mejorar su situación social y económica, es definitiva velar por el bienestar de una sociedad que evoluciona linealmente a lo largo de la historia. Una historia y un proceso que se manifiestan en su paisaje y en su patrimonio.